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Roberto llegó directamente del trabajo.
Camisa manchada.
Botas.
Y, por supuesto, la famosa camioneta gris.
Cuando terminó la reunión, Carolina lo llamó.
—Señor Roberto, necesito hacerle una pregunta.
Él inmediatamente se preocupó.
—¿Qué hizo Mateo?
—Nada grave.
—Cuando comienzan así siempre significa que hizo algo.
La profesora sonrió.
—Su hijo dice que usted tiene un Ferrari.
Roberto cerró los ojos.
—Otra vez.
—¿Otra vez?
—Sí.
—Entonces ¿existe?
—Lamentablemente.
Carolina comenzó a reír.
—Necesito conocer la historia.
Roberto suspiró.
—Cuando tenía doce años mi padre me regaló un Ferrari de juguete.
Era metálico.
Rojo.
Pequeño.
Lo conservé toda mi vida.
Cuando murió mi papá, se convirtió en uno de los pocos objetos que tenía de él.
—¿Y está debajo de la cama?
—En una caja debajo de la cama.
La profesora sonrió.
—Mateo dijo que su esposa no le permite sacarlo porque es peligroso.
Roberto comenzó a reír.
—Eso también tiene explicación.
Una tarde había estado jugando con el carrito junto a Mateo.
Su esposa entró.
Pisó el Ferrari.
Casi se cayó.
Después gritó:
—¡Roberto, guarda ese maldito carro antes de que alguien se mate!
Carolina tuvo que apoyarse en una mesa.