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—¿Dónde lo guarda?
—En casa.
Carolina comenzó a sospechar que aquello terminaría mal.
—¿Tu papá tiene un Ferrari rojo guardado en casa?
—Sí.
—¿Y por qué nunca viene a buscarte en él?
Mateo respondió:
—Porque mamá no lo deja sacarlo.
El salón explotó.
—¿Por qué?
—Dice que es peligroso.
Ahora incluso la profesora quería escuchar el final.
—¿Tu mamá considera peligroso el Ferrari?
—Muchísimo.
—¿Y dónde está ese automóvil?
—Debajo de la cama de papá.
Carolina dejó de hablar.
Un niño gritó:
—¡Eso es mentira! ¡Un Ferrari no cabe debajo de una cama!
Mateo lo miró con lástima.
—El de mi papá sí.
—¿Es pequeño?
—Claro.
—Entonces es un juguete.
Mateo negó.
—No es mío. Es de papá.
LA PROFESORA INTENTÓ RECUPERAR EL CONTROL
Carolina comenzó a comprender.
—Mateo, ¿estás hablando de un automóvil de colección?
—No sé.
—¿Es un carrito pequeño?
—Sí.
—Entonces no podemos decir que tu papá “tiene un Ferrari” como automóvil.
Mateo frunció el ceño.
—Pero lo tiene.
—Sí, pero…
—Usted preguntó qué auto tiene. No preguntó cuál conduce.
El salón quedó completamente silencioso.
Carolina miró al niño.