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Un Ferrari rojo.
Con los años comprendió que era uno de los pocos recuerdos físicos que su padre conservaba de su abuelo.
El automóvil que provocó tantas risas terminó convirtiéndose también en una pequeña tradición familiar.
Roberto se lo entregó finalmente cuando Mateo cumplió veinticinco años.
Dentro de la caja escribió:
“Para mi hijo. El primer Ferrari de la familia. Trátalo bien porque probablemente será el último.”
Mateo guardó la nota.
Años después, cuando tuvo un hijo, colocó el pequeño automóvil en una repisa.
Un día el niño preguntó:
—Papá, ¿ese Ferrari es tuyo?
Mateo sonrió.
—Sí.
Su esposa, que conocía perfectamente la historia, gritó desde la cocina:
—¡Y antes de que empieces, explícale el tamaño!
Todos comenzaron a reír.
CONCLUSIÓN
Lo que comenzó como una sencilla actividad escolar terminó convirtiéndose en el chiste más repetido de aquella clase.
La profesora preguntó:
—¿Qué auto tiene tu papá?
Mateo respondió:
—Un Ferrari.
Y técnicamente tenía razón.
Su padre poseía un Ferrari rojo.
Lo que olvidó mencionar era que medía apenas unos centímetros y cabía perfectamente debajo de una cama.