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El niño respondió:
—Una camioneta gris.
Carolina sonrió.
—¡Perfecto!
Mateo continuó:
—Pero sigue teniendo Ferrari.
La profesora soltó el marcador.
—Lo sé, Mateo.
—Solo quería aclararlo.
—Muchas gracias.
AÑOS DESPUÉS
Mateo creció.
Cuando terminó la escuela, la profesora Carolina todavía conservaba aquella historia.
El día de su graduación se encontró con Roberto.
—¿Todavía tiene el Ferrari?
—Por supuesto.
—No me diga que sigue debajo de la cama.
—Ahora está en una vitrina.
Mateo apareció.
Ya tenía dieciocho años.
—Papá dice que algún día será mío.
Carolina respondió:
—Entonces finalmente vas a heredar un Ferrari.
—Exactamente.
—¿Y cuánto vale?
Mateo sonrió.
—Muchísimo.
La profesora lo señaló.
—No empieces.
Él comenzó a reír.
—No en dinero.
Roberto escuchó.
Su expresión cambió.
—Era de mi padre.
Mateo continuó:
—Así que para nosotros vale mucho.
Carolina sonrió.
Por primera vez en diez años, Mateo había conseguido mencionar aquel Ferrari sin convertirlo en un engaño.
—Ahora sí respondiste correctamente.
—Profesora, llevo años entrenando.
EL PEQUEÑO AUTO TENÍA MÁS HISTORIA DE LA QUE PARECÍA
Cuando Mateo era niño solo veía: