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Alexander soltó una carcajada.
—Claro, mamá.
Hubo un pequeño silencio.
Después ella dijo:
—Estoy orgullosa de ti.
Aquellas cuatro palabras significaron más para Alexander que cualquier reconocimiento.
Porque sabía todo lo que había detrás de ellas.
A partir de ese día, comenzó una nueva etapa.
Pero Alexander no quería olvidar de dónde venía.
Cada vez que conocía a un joven que le decía que quería convertirse en piloto, trataba de escucharlo.
Y cuando alguien le decía:
“No creo que pueda hacerlo.”
Alexander respondía:
—Yo también pensé eso muchas veces.
—¿Y qué hiciste?
—Seguí.
No prometía que sería fácil.
No decía que bastaba con desear algo.
Les explicaba que los sueños necesitan preparación, disciplina, paciencia y trabajo.
Pero también les decía algo que había aprendido de su propia experiencia:
No permitas que alguien decida por ti que tu sueño es demasiado grande.
Porque Alexander sabía perfectamente lo que significaba empezar desde abajo.
Él había sido aquel niño que solo podía mirar.
Y ahora podía contar su propia historia desde la cabina.