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Recordó las noches estudiando.
Recordó los trabajos que había tenido que realizar para pagar su formación.
Recordó los momentos en que había visto a otros avanzar mientras él sentía que iba demasiado lento.
Y recordó especialmente una conversación con su madre.
Había ocurrido años atrás.
Alexander estaba frustrado.
—Quizá esto no es para mí.
Su madre lo miró.
—¿Por qué dices eso?
—Porque no tenemos dinero suficiente. Hay personas que tienen todo más fácil que yo.
Ella se acercó y le respondió:
—Puede que no podamos darte todo lo que necesitas, pero nunca vamos a quitarte las ganas de intentarlo.
Alexander nunca olvidó aquella frase.
Porque su familia no pudo comprarle el sueño.
Pero le dieron algo que para él valía mucho más:
la confianza para perseguirlo.
Por eso, cuando terminó aquel primer vuelo, no pensó primero en el dinero.
No pensó en el uniforme.
No pensó en las fotografías.
Pensó en su madre.
La llamó apenas tuvo oportunidad.
—Mamá.
—¿Cómo salió?
Alexander sonrió.
—Volé.
Ella comenzó a llorar.
—¿Estás llorando?
—No —respondió ella intentando reír—. Es que hay algo en mi ojo.