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Los vegetales verdes pueden aportar fibra, folato, vitamina K y otros nutrientes, dependiendo del alimento.
Una tortilla con espinacas o unos guisantes junto al almuerzo son formas sencillas de incorporar este color.
Día 3: naranja y amarillo
Zanahoria, calabaza, naranja, mango, maíz y pimiento amarillo pueden transformar completamente un plato.
Algunos vegetales anaranjados contienen carotenoides, compuestos que nuestro organismo puede utilizar de diferentes maneras.
Además, incorporar estos alimentos aumenta automáticamente la variedad de nuestra dieta.
Día 4: morado y azul
Este suele ser el color olvidado.
Prueba con berenjena, uvas oscuras, arándanos, col morada o ciruelas.
Muchos de estos alimentos contienen antocianinas, pigmentos responsables de tonos rojos, azules y morados en diferentes vegetales.
Y aquí el reto comienza a ponerse interesante: empiezas a buscar alimentos que normalmente ignorabas en el supermercado.
Día 5: blanco y beige
El blanco también cuenta.
Coliflor, cebolla, ajo, champiñones, garbanzos y otras legumbres pueden aportar nutrientes y variedad.
No debemos juzgar el valor nutricional de un alimento únicamente por la intensidad de su color.
El ajo no necesita ser verde brillante para tener un lugar en nuestra cocina.
¿Qué ocurre al final de la semana?
No vas a despertar el séptimo día con una transformación milagrosa.*