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A los 55 años de casados, no celebramos una vida perfecta… celebramos que seguimos eligiéndonos. ❤️
Hoy nuestra mesa es pequeña. No hay un restaurante elegante, ni flores costosas, ni invitados vestidos de gala.
Solo hay un pastel sencillo, dos copas sobre la mesa y dos velas que llevan un número que parece imposible cuando lo miramos: 55.
Cincuenta y cinco años juntos.
Y cuando pienso en todo lo que pasó, entiendo que nuestro matrimonio nunca fue una historia perfecta.
Hubo días en los que nos reímos hasta que nos dolió el estómago… y otros en los que apenas pudimos mirarnos a los ojos.
Tuvimos preocupaciones, discusiones, pérdidas, problemas de dinero, enfermedades, decisiones difíciles y sueños que tuvimos que guardar durante años porque había cosas más importantes que atender.
También hubo noches en las que uno de los dos llegó cansado y el otro simplemente preparó café sin preguntar nada.
Hubo mañanas en las que no dijimos “te quiero”, pero dejamos el desayuno preparado.
Hubo momentos en los que uno quiso rendirse y el otro dijo:
—“Espera… todavía podemos arreglarlo.”
Porque después de 55 años aprendimos algo que nadie nos enseñó: