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Y Alexander continuó su camino.
Mientras se alejaba, comprendió algo.
Quizá su mayor logro no había sido ponerse aquel uniforme.
Ni realizar su primer vuelo.
Ni aparecer frente a un avión sosteniendo aquel cartel.
Quizá su mayor logro era poder demostrarle a otra persona que los sueños que parecen imposibles también pueden convertirse en realidad cuando se trabajan con paciencia.
Porque ningún avión despega de golpe.
Primero necesita preparación.
Después necesita una dirección.
Y finalmente necesita el valor para abandonar la seguridad de la tierra.
Los sueños son parecidos.
No basta con mirar al cielo.
Hay que prepararse para llegar hasta él.
Alexander volvió a mirar el avión.
Recordó al niño que alguna vez había sido.
Aquel niño no tenía dinero.
No tenía contactos.
No sabía exactamente cómo llegaría allí.
Pero tenía algo que nadie podía quitarle:
la decisión de seguir intentándolo.
Y quizá esa sea la verdadera enseñanza de su historia.
No importa si comienzas con poco.
No importa cuántas veces dudes.
No importa cuántas personas te digan que es imposible.
Mientras tengas un objetivo y estés dispuesto a trabajar por él, siempre habrá una oportunidad de avanzar.