Congestión nasal: Resfriados, alergias o problemas respiratorios hacen que el aire tenga más dificultad para pasar por la nariz, lo que favorece la respiración bucal y el ronquido.
Consumo de alcohol o sedantes: Estas sustancias relajan excesivamente los músculos de la garganta, aumentando la probabilidad de obstrucción durante el sueño.
Sobrepeso: El exceso de tejido en el cuello puede estrechar las vías respiratorias, lo que incrementa la vibración al respirar.
Hábitos de sueño irregulares: Dormir pocas horas o tener horarios inestables puede afectar el tono muscular y empeorar los ronquidos.
Roncar de forma ocasional no suele ser un problema grave, en estos casos puede deberse más a una mala posición o exceso de cansancio, sin embargo, cuando los ronquidos son frecuentes, muy intensos o se acompañan de otros síntomas, conviene prestar atención.
Algunas señales de alerta incluyen:
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