En los días fríos pero soleados, la corteza puede calentarse durante las horas de luz y enfriarse de forma abrupta por la noche. Estas variaciones extremas de temperatura pueden provocar pequeñas grietas que, aunque no siempre son visibles a simple vista, debilitan la estructura del árbol y lo vuelven más vulnerable al ingreso de plagas y enfermedades. La capa blanca actúa como una especie de “protector solar” que mantiene la temperatura más estable.
Pero ese no es su único beneficio. La cal también es conocida por sus propiedades repelentes. Funciona como barrera física frente a insectos que ascienden por el tronco, como hormigas o ciertos tipos de escarabajos, y ayuda a mantener a raya hongos que suelen desarrollarse en la superficie de la corteza. De esta manera, se reduce la probabilidad de que el árbol contraiga enfermedades que puedan afectar su crecimiento o su capacidad de producir frutos.
En el ámbito agrícola, este método es especialmente útil en árboles frutales jóvenes, que poseen una corteza más delgada y frágil. En las ciudades, se emplea para alargar la vida útil de ejemplares que forman parte del arbolado urbano, disminuyendo la necesidad de tratamientos químicos más agresivos o costosos.
El proceso para aplicar esta protección es bastante simple. Primero se limpia el tronco para eliminar polvo, musgo o fragmentos de corteza que estén sueltos. Luego, con la ayuda de una brocha, se aplica la mezcla de cal desde la base hasta aproximadamente un metro y medio de altura. Lo ideal es realizarlo en otoño o hacia el final del invierno, de modo que el árbol esté protegido antes de la llegada de temperaturas extremas o del aumento de actividad de insectos.
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